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Las necesidades y costumbres de las ganaderías de
estos valles y en especial la del Valle de Ansó dieron lugar a una ejemplar trashumancia, invernando en la tierra
baja ó ribera (llegar hasta el río Ebro, a 200 m de altura) y regresando en primavera a los pastos de los puertos de montaña con altitud de
hasta 3.000 m.
Estos
valles pirenaicos tuvieron una gran riqueza pecuaria, rozándose incluso los techos de capacidad con un intenso sobrepastoreo (Balcells, 1984).
En la década de los 50, los dos tipos
principales de corderos existentes en Aragón eran de la raza Merina (importados de Extremadura y Andalucía, Y recriados en pastos
estivales del Pirineo (cebaderos especiales), Y de la raza Rasa, variedad Ansotana por ser el tipo
local de más difusión en todo el Alto Aragón (Zarazaga etal, 1.960).
A
partir de 1.965, la trashumancia se halla en franco
declive y se desencadena una crisis general en el Valle. Por una parte, existe
un proceso paralelo de emigración y envejecimiento demográfico, y en otro
sentido, un reajuste de los sistemas de explotación (Gorria 1987) En la década
de los 70 el efectivo trashumante de Ansó y Echo alcanzaba 65.000 cabezas y en
1.985 apenas llegaba a 8.000 (Sanchez Belda, 1.986).
Es evidente que estos tipos ovinos pirenaicos,
itinerantes de rusticidad extrema y gran versatilidad productiva fuero el
apoyo y sostén de los antiguos pueblos pastores y de los iniciales núcleos
de formación del Aragón primitivo en la reconquista.
Todo
ello conduce no sólo a recordar,
sino especialmente a reconocer su importante papel en la vida de nuestra
tierra. Su carne y su queso sirvieron de energía para el trabajo y el
combate, utilizando su lana y sus pieles como vestido y abrigo. ¿Cuántos
antiguos pastores y guerreros no usaron de esos animales para sus pellizas o
sus polainas? Sin remontarnos tan lejos, hasta hace bien pocos años así se
defendían del frío la mayoría de los ganaderos pirenaicos, así se veían
arropados los pastores que guardaban los rebaños trashumantes en los montes
de Torrero y numerosos aragoneses rurales y de ciudad con aquellos calcetines
tan «abrigadores». Pues bien, a pesar de las calidades y virtudes
comentadas, nos vemos en la necesidad de dar la señal de alarma, pues la raza
se halla abocada al mestizaje, absorción y posterior desaparición. Esto es
necesario evitarlo, y no sólo como testimonio etnológico e histórico, sino
porque posee caracteres muy positivos para su explotación actual, destacando
en primer lugar su enorme rusticidad y capacidad de adaptación, sus grandes
posibilidades para ser utilizadas en zonas de montaña y su capacidad lechera. Esta podría permitir el renacimiento de una industria quesera, antaño
interesante en nuestro Pirineo, que hoy debe resucitarse no sólo por su interés
regionalista, pues es uno de los pocos grupos de ovinos ordeñables en un Aragón
de escasa tradición lechera, sino por las ventajas económicas y sociales que
comportaría en esas explotaciones de montaña. Es cierto que el ordeño
supone actividad muy esclava y que la posible competencia de otras razas
lecheras foráneas puede ser limitante, sin embargo preciso será buscar una
salida a esta antigua población ovina.(Sierra 2.002).
Desde 1.994 se ha mantenido junto con otras razas un núcleo en pureza
de la raza ovina Ansotana en el Centro Agroambiental Aldea Puy Cinca (Azón,
1998).
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